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sábado, 26 de marzo de 2011

el pasillo de un tren



EL PASILLO DE UN TREN.
"el pasillo de un tren de madrugada".
Esa estrofa de sabina me hace acordar cuando me volvía a catán despues de joder por la capital de madrugada.
Esos viajes eran insoportables, no tenes idea.
Porque a mí se me daba por ir a joder en pleno invierno. Hacía poco que estaba en el ministerio. mas o menos el 83, 84, por ahi.
El tren y el 59 en estación buenos aires porque sino: como llegaba al centro?. era más fino que viajar de parado en el 86, pero más complicado.
Y el pasillo digo porque empezaba a buscar vagones que no tuvieran la ventanilla rota.
ni ladrones había.
Había gente rara que dormía y yo no podia dormir.
La verdad que era una epoca tranquila, pero desolada y fría.
Y a mí no se me ocurría ni el walkman, ni un libro, ni el diario.
Era aburrirse y tiritar de frío. A pesar del sobretodo heredado de mi hermano, la bufanda, las medias gruesas, etc.
Había un tren guacho que se quedaba en tapiales, a las 2.30 de la madrugada.
En la estación habia un barcito y no me quedaba otra que pedirme un vasito de caña legui para sacarme el frio y tranquilizarme.
Y esperar al otro.
Y nada de fumar mucho, porqué: si se acababan?? Dónde compraba a esa hora por esos lares?
Despues se me fue ocurriendo comprar el crónica, para llevarle a mi vieja y yo hacer el crucigrama en el viaje.
Y despues los libros.
Casi todos los libros que leí enteros fueron en esos trenes.
Despues este tipo al que llamé el "hombre del té", me ofreció quedarme a dormir ahi en el departamento de congreso, mariano tambien me dio la llave de un altillo y todo cambió.
Y logicamente, aprendía a esperar la primavera y el verano para salir.
Ese sobretodo que creo que una vez lo usé de frazada en el altillo y luego nunca más lo vi.
Y me fui comprando ropa más adecuada para mí.
La primavera me fue desenredando de aquel manojo de soledad en que esos inviernos trasnochados me habían convertido.
Las mujeres espantaron los fantasmas de los pasillos de aquellos trenes grises.
(de González Catán a Tirso de Molina).

Miguel Gary.

miércoles, 17 de marzo de 2010

anibal y los reyes magos


ANIBAL Y LOS REYES MAGOS.-
Aníbal era un gordito que a todos nos parecía un poco tonto, pero bueno y feliz.
Jamás bajaba a jugar a la pelota; era muy “nene de mamá”, eso me caía un poco mal. Pero en el fondo lo quería.
Yo tenía, calculo, un año más que él, y estaba más “avivado” en ciertas cosas.
Aquella calle de Barracas Norte estaba dividida en dos.
A la derecha estaban las casas más viejas, inquilinatos de gente pobre y obreros.
Y en frente se levantaban nuevos edificios de departamento donde venía a vivir gente más refinada.
Mi familia vivía en un inquilinato. En cambio Aníbal vivía con su madre en los departamentos de enfrente.
Desconocíamos el significado de la palabra “discriminación”.
A veces me fastidiaba verlo tan tonto (aparentemente).
La madre era una señora joven, que me saludaba muy bien, y yo también a ella.
Se acercaba la fecha que más deseábamos todos los pibes: Reyes.
En aquellos tiempos yo pasaba las tardes en la calle, pasaban muchos menos autos que ahora y se podía jugar a la pelota tranquilamente.
Yo ya hacía un año que sabía que los famosos Reyes Magos eran mis viejos, que en silencio y buena voluntad iban a las jugueterías (que quedan abiertas toda esa noche) a comprarnos regalos.
Pero igual, uno hacía como que no sabía, porque el día que dijéramos “los reyes no existen”, iban a acabar los regalos.
Se acostumbraba dejar los zapatitos, y agua y pasto para los camellos.
Eso fue lo que me dijo el gordito Aníbal cuando yo volvía transpirado del partido.
Que estaba preparando el agua y el pasto para los camellos.
A mí me enfurecía que fuera tan tonto; quería que fuera uno más de nosotros, que pudiera jugar a la pelota y ser un “atorrantito” más.
Lo miré, mientras picaba mi pelota, y le dije:
-Aníbal, no seas tonto. Pastito para los camellos!
Los reyes son los padres, nene. Que salen a la noche a comprar juguetes mientras vos dormís.-
Aníbal al principio me miró perplejo.
Pero el gordito pelirrojo, aunque algo tonto, también tenía su carácter fuerte.
-No, nene! Mentira! Yo voy a poner el pastito para los reyes!-
Pegó media vuelta y se fue para su casa.
Yo subí las escaleras hacia la mía para dejar la pelota y bañarme después del partido.
Pasaron más o menos dos días, y yo casi me había olvidado de la charla.
Y volví a salir a la calle, la eterna calle de todos los días; mucho menos peligrosa que la de ahora. (Estoy hablando de principios de los años ’70.)
Las pocas cuadras que a esa edad yo me animaba a andar; los terrenos baldíos que eran como pequeñas selvas que daban ganas de explorar, el petardo que algún chiquilín audaz se animaba a encender.
Y me paró la señora madre de Aníbal. Me dijo que tenía que hablarme. Y me dijo las siguientes palabras:
-Me enteré lo que le dijiste a Aníbal, sobre los reyes magos!-
-Pero qué? No es la verdad?.- pregunté yo.
Sí, es verdad pero está muy mal.
Sabés porqué? Porque yo quiero que mi hijo tenga INFANCIA, entendés? Tenga sueños…-
Y se alejó indignada y enojada.
Era la primera vez que alguien me decía algo así.
Que una mentira, una quimera, servía para que un niño fuera feliz.
Me volví a casa y estuve reflexionando, meditando con mi cerebro de niño, sobre ese reto tan hermoso que me había dado la mamá de Aníbal.
Algo que se me quedó grabado.
Que para ser realmente un niño había que creer en ciertas fantasías.
Quizá yo había perdido esa ilusión de los Reyes Magos. Pero seguro me quedaban otras.
De hecho, todavía jugaba a la pelota soñando con ser Marzolini o Pinino Mas.
Pero debía restituirle a Aníbal su sueño. Estaba entre perplejo y apenado.
Necesitaba encontrarlo a Aníbal, y explicarle, de alguna forma, que los Reyes Magos sí existían.
Anduve por la calle buscándolo, pero el gordito no aparecía.
Por suerte él vivía en el primer piso, y la ventana daba a la calle.
Me paré abajo y empecé a gritarle: Aníbal, Aníbal!-
El angelito abrió la ventana y se asomó.
De abajo le grité:
Necesito hablarte de algo.-
Bueno… esperame que ya bajo..-
A los tres minutos, Aníbal bajó.
-Che, sabés que me parece que me equivoqué, cuando te dije una cosa…-
-Sobre qué?-
No…los reyes magos.
Yo un día me quedé despierto hasta bien tarde a la noche, y me levanté, y vi como que se iban unos camellos.-
-En serio? Pudiste ver a los camellos?-
-Sí. Vi la parte de atrás de un camello, y escuché que bajaban la escalera del zaguán de mi casa.-
-Ah! Qué lindo! Bueno…me voy porque está por llegar mi mamá. Qué lindo lo que me contaste! Estoy contento!-
Me besó en la mejilla y se metió en su departamento.
Siempre, toda la vida, íbamos a necesitar creer en sueños, en utopías, como en los reyes magos, para poder vivir.

Miguel Gary.

viernes, 27 de noviembre de 2009

la hoja


LA HOJA.-

Un día de otoño vi las hojas marrones cayendo.
Al día siguiente otra más cayó, revoloteó un poco por el aire y se metió en mi boca.
Me tragué la hoja y se quedó en mi pecho.
Desde entonces, por más alegrías, por más primaveras que tenga, siento otoño.
Siento otoño en los supermercados, siento otoño en el amor y siento otoño los lunes y los domingos.
Siento otoño en los barriales y en las alfombras lujosas.
El otoño me dobla la cansada espalda, me alimenta insensatas esperanzas, se viste de violeta con policial uniforme.
Siento otoño en los amaneceres y en los niños sin sol.
Siento otoño en las oficinistas, y los cigarrillos tienen sabor a otoño.
Siento otoño en las plazas, en los ojos de los hombres, en las ganas de amar de la gente. En las banderas sucias de hollín. En los empates cero a cero..
Y veo, todos los otoños, alguien traga una hoja seca, como yo. Y veo multitudes alimentándose de otoños.
Ni Dios ni diablo me esperan entre las piedras de las ciudades; ni inviernos ni veranos ya me quedan.
A lo sumo, un automóvil, que te lleva para que no pises ni veas las hojas secas, que cada vez son más.
Eso me pasa por andar con la boca abierta.

Miguel Gary.-

jueves, 8 de octubre de 2009

la señora de gomez


LA SEÑORA DE GOMEZ.-

Ella no se llamaba ni por asomo “señora de Gomez”.
Se llamaba Lucrecia Mazachessi y fue soltera toda su vida.
Trabajaba en una oficina y en su casa, donde cuidaba tres gatos y un perro además de las tareas del hogar, que lo tenía bastante bien cuidado.
Así pasaban sus días, también a veces releyendo apuntes de la facultad de derecho donde años atrás había intentado hacer la carrera.
Demás está decir que vestía muy sencillamente, se diría una vieja desalineada, pese a que físicamente se conservaba bastante bien, ya pasando los sesenta.
Pero había una vez en el mes en que doña Lucrecia era, por un día, la señora de Gómez.
Mientras tanto pasaba sus días en el tranquilo barrio de Boedo; sus días demasiado tranquilos, entre sus gatos y su perro.
Con su eterno batón negro y sus ojotas gastadas iba de aquí para allá en aquella casa demasiado grande, que gracias a eso la entretenía.
La cocina, las plantas, los pisos (que siempre había que limpiarlos) y los apuntes de derecho.
Pero nadie sabía que doña Lucrecia hacía que el tiempo pasara rápido, para que llegara su día, su gran día de una vez por mes.
Era un arreglo que a Lucrecia le había costado conseguir, también una decisión que le había costado tomar; un paso hacia una locura, una estupidez que sin embargo la había llenado de felicidad de a poco, gradualmente.
Los segundos viernes de cada mes (esto podía variar, según la disponibilidad del “señor Gómez”) Lucrecia cambiaba como la noche se transforma en día.
El señor Gómez era un apuesto joven, morocho él, con físico trabajado por el gimnasio y ropa deportiva de marca. Un verdadero Adonis.
Pero no era más que un simple figurón taxi boy a quién Lucrecia pagaba bien, sólo para que realizara con clase aquella parodia, y no le contase a nadie.
“Gómez” sabía que los segundos viernes de cada mes, debía encaminarse a la lujosa confitería a pocas cuadras de la casa de Lucrecia, a la hora señalada.
Ese día Lucrecia empezaba a “producirse” desde temprano.
El día anterior ya se había gastado sus buenos pesos en una cotizada peluquería.
Después de una larga ducha llena de fantasías, se bañaba en un caro perfume.
Luego venía la indumentaria. Zapatos rojos de taco aguja, medias sensuales o sin medias, pollera muy corta.
En una hora podía decirse que Lucrecia rejuvenecía 10 años, pareciendo, por su look , una prostituta veterana y cotizada.
Enfundada en un vestido corto y ajustado, hasta con cartera al tono de los zapatos, amplio escote aunque fuera pleno invierno.
Se encaminaba a la confitería a paso rápido pegando fuertes tacazos, como para que todas las “chiruzas” del barrio se enteraran de que ahí pasaba “ella”, rumbo a su misterioso encuentro.
Se sentaba en una de las mesas de la confitería, adentro en invierno, afuera en verano. Cruzaba sensualmente las piernas y esperaba que la atendiera el mozo.
A ese mismo mozo Lucrecia le había contado su inventada historia. Sabía que contarle a ese mozo era para que todo el mundo se enterara… y eso era lo que ella más deseaba.
Que se había casado hace varios años con ese apuesto joven morocho, que se habían divorciado por “incompatibilidad de caracteres”, pero que seguían manteniendo una “buena relación”. Además de “otras cosas” que Lucre había dejado entrever al mozo que todavía continuaban con el joven.
No habían sido ni novios, ni amantes, ni un pequeño affaire, habían sido nada menos que marido y mujer (según la historia de Lucrecia); eso la excitaba más aún.
A los pocos minutos en los que ella devoraba lo más sofisticada y eróticamente un té con masitas, llegaba él con su mejor ropaje deportivo.
Pasaban el mayor tiempo posible. El pedía un café o un coñac caro, hacía incluso como que pagaba él, como buen caballero (pero en realidad después Lucrecia cubría todos los gastos). Se tomaban de vez en cuando de las manos, se miraban con indisimulado ardor. Todo era una perfecta actuación.
El mozo venía creyéndose hace ya años esa película. Por lo demás, siempre habría un gil del barrio tomando algo, o que pasara por la vereda y viera esa caliente charla entre el joven galán y la veterana maquillada.
Después llegaba el momento de la retirada, que debía tener un fuerte tinte sensual, ya que Lucre quería insinuar a todos los que miraban que, después de la charla, seguramente iban a acostarse juntos.
Se dirigían a la puerta del bar fuertemente tomados de la mano y mirándose con una sonrisa cómplice.
Salían a la calle de la misma manera.
Caminaban algunas cuadras, y llegaba el momento de la despedida, con un simple beso en la mejilla.
Lucrecia volvía taconeando hacia las cuadras de su casa, cuando ya el sol caía.
El “señor Gómez” ya estaría rumbo a su casa o al encuentro de alguna dama solitaria o caballero gay solitario necesitados de sexo express y rápido.
Llegaba y abría su puerta siempre con la cabeza erguida y su andar cadencioso.
Ahí la esperaba la soledad de su casa. Pero ya todas las cosas tenían otro sabor.
La parodia se había montado una vez más y ella estaba colmada de placer.
El maquillaje y la ropa sensual iban cayendo.
Volvía a ser de a poco la doña Lucrecia del barrio. La señora de Gómez.
La esperaban sus tres gatos maullando como criaturas alborotadas, su perro, las plantas del balcón, sus apuntes de derecho, la eterna foto de sus finados padres… ésos eran sus únicos amores.-
Miguel Gary.-

domingo, 9 de agosto de 2009

el cuento sin fin


EL CUENTO SIN FIN.
Yo era un hombre feliz como cualquier otro.
Salía a trabajar todos los días y con mi esfuerzo mantenía un departamento como en el que estoy ahora preparándome el almuerzo.
Claro, tenía mis diferencias como cualquiera.
Yo era soltero y cuando la soledad y el silencio comenzaron a cansarme decidí coleccionar pájaros.
Trataba de tener un solo ejemplar de cada especie, aunque en algunos casos me daban lástima y buscaba la parejita para la hembra o el machi según el caso; como lo hice, por ejemplo, con las urracas.
La colección tarda en formarse.
Las causas de esta demora son varias. La falta de tiempo, a veces del dinero suficiente para comprar ejemplares caros.
Y por supuesto, la difícil tarea de ir aprendiendo cómo se cuida cada especie, qué se le da de comer, etc.
Pero las ganas lo pueden todo.
El tema es que poco a poco, logré tener una colección estable de unos treinta y cinco tipos de aves diferentes (de las que pueden vivir en cautiverio), que ocupaban gran parte de mi departamento; casi más de lo que ocupaba yo con mi modesta cama, mis muebles y todo lo demás.
El piar de los pájaros me pareció en los primeros tiempos el mayor problema, un sonido ininterrumpido que no dejaba lugar al silencio ni siquiera por las noches.
Pero el amor a un animal hace que uno comience a querer también a su onomatopeya.
Al poco tiempo me hubiera resultado inconcebible vivir sin el piar cercano y estridente de cuatro o cinco aves.
Descubrí qué mal viven los hombres que no escuchan pájaros.
O ésos que apenas tienen un triste canario y creen que su gorjeo solitario puede significar alguna compañía. Que me disculpen.
Verdadera compañía era la mía, una verdadera enorme familia cantando para mí, espantando mi soledad hasta hacerla desaparecer.
Amaba a esos pájaros como a hijos, como a hermanos, esposas, amigos.
Pero un día empecé a sentir que una extraña contradicción ensombrecía mi vida pajarera.
Para que esos seres alegraran mi vida DEBIA tenerlos encerrados.
Me querrían igual si abriera las puertas de sus jaulas?
Se quedarían, aunque sea por piedad, para seguir cantándome?
Yo sabía que todos saldrían.
Y si dejaba abierto el ventanal se irían incluso del departamento, uno por uno, hasta el último.
No debería ser el único hombre que tuviera pájaros y que sintiera lástima por tenerlos cautivos.
Finalmente tomé una decisión. Iba a abrir las puertas de todas las jaulas.
Una por una, comencé a abrirlas.
Pero esta peligrosa decisión significó la segunda GRAN ALEGRIA de mi vida.
Ninguno salió de su jaula. Ni las aves exóticas que suelen ser rebeldes, ni el churrinche, ni el mixto, ni el zorzal.
Me imaginaba que los pájaros típicamente caseros como el canario o el jilguero no se irían. Pero esa demostración de afecto, de ver que los días pasaban y ninguno, ni las atrevidas urracas abandonaban sus jaula, me conmovió.
Más aún, el cabecita negra salió y revoloteó un poco por la habitación, y luego volvió a su jaulita.
Así pasaron semanas, hasta meses.
Hasta que un día, en una tarde de sol, el azulejo o “siete colores”, uno de los más queridos por mí, bajó de su jaula y se acercó al balcón.
Se detuvo durante unos segundos que se me hicieron interminables. Sentí como si me mirara.
Luego miró hacia un árbol de la vereda, y con un vuelo rápido, en el que decidió de un impulso su destino, como lo hacen los seres libres como los pájaros, se cruzó hasta el árbol.
Afuera la selva de cemento rugía con sus autos, y miles de gorriones cantaban al sol de la tarde.
Ya me había abandonado uno de mis emplumados y parlanchines compañeros.
Lo esperaban los árboles, sus amigos los gorriones, los peligros de la ciudad: la libertad.
En lugar de tristeza sentí alivio.
Una jaula vacía.
Cual sería el próximo?
El churrinche, con su pecho rojo fuego, parecía mirarme fijamente.
Lo miré. Me miró. Lo miré. Me miró.
Vi la tristeza en sus ojos, y en su pensamiento.
Que no era otro que el pensamiento colectivo de todos los pájaros, de mí mismo, del hogar.
Era una mezcla de euforia y tristeza.
Sabía que mañana, cuando llegara por la tarde, el churrinche se despediría de mí.
De la misma forma que el azulejo, el churrinche remontó vuelo desde mi balcón.
Esta vez, los demás pájaros saludaron con un canto su partida.
Y así, de a poco, cada tarde, se fueron yendo. El cabecita negra, el mixto, después la urracas.
Los pájaros exóticos que me habían salido tan caros. Una pajarita hembra del Brasil me causó mucho dolor al partir.
Ojalá volando llegara algún día a su querida y verde patria.
Las jaulas se fueron despoblando. A pesar de que todavía me quedaban unos diez pájaros empecé a sentir el silencio.
Por primera vez en años volví a escuchar la radio.
Son esos primeros amagues que nos hace la soledad antes de pegarnos el golpe del definitivo knock out.
Pero la oía sin escucharla. No sabía ni las noticias, ni la clase de música que pasaban.
Nada se comparaba al trinar de mis pájaros.
Pasaron los días terribles.
Cada tarde era una despedida. Un cato menos, una jaula vacía.
Quedaron finalmente tres amiguitos.
Los mejores cantores: el zorzal, el jilguero y el canario.
Quizá para darme una especie de concierto final. Pero el zorzal y el jilguero también se fueron un día.
Me quedé a solas con el canario.
Admiré el compañerismo heroico de este pájaro. El canario es muy hogareño.
Todos los días, me levantaba con un deseo cruel y egoísta: bajara la puertita y cerrarle la jaula.
Una mañana me acerqué.
Era tan simple no quedarme solo.
Moviendo una trabita con el dedo la puerta se cerraría y el canario se quedaría conmigo para siempre, hasta su muerte o la mía.
Lo hice.
Con ese insignificante movimiento lo dejé encerrado.
Me senté a tomar mate mirando la jaula del canario cautivo.
Reflexioné. Pocas veces el pensar demasiado produce buenos resultados.
Esta vez el resultado de mi reflexión fue bueno.
Me levanté y le abrí la puerta.
El mejor canto que jamás le había oído brotó de su garganta de pájaro.
Aún así, pasó unos cuantos días conmigo.
Una atmósfera de soledad empezó a invadir mi hogar.
El canario y yo.
Sin T. V., ni parientes, ni amigos.
Una tarde saltó de la jaula.
Con timidez se acercó al balcón.
Me acerqué. Arrimé mi mano y se posó en mi dedo.
Pío con tristeza y me miró.
Lloré; pero no cerré mi puño.
Bajó de mi mano, se acercó al borde del balcón, y se echó a volar.
Me quedé solo.
Me quedé un rato más en el balcón. Quería escuchar los ruidos de la ciudad.
De alguna forma, ella responde.
Al día siguiente llegó el final.
Me fui sin equipaje.
Sin comer y sin avisar que me iba.
Sin destino.
Como volado sin alas, caminé calles y calles.
Tuve sed, hambre, calor, frío. Hasta compañeros circunstanciales de esa vida de soltería y rebusque…
No hay nada más lindo que el hogar. No hay nada más lindo que los pájaros.
Quién viviría en mi casa ahora?
Fuera quien fuera, algún día se iría.
(Por más cautiva que fuera esa alma, Dios se acuerda de darle alas a todas. Algunas vuelan como águilas. Otras apenas pegan unos saltitos, pero miran el cielo.)
Quién sabe, a lo mejor algún día nos encontramos.
Si eso sucede, tengo mucho para contarle sobre pájaros.

Miguel Gary.-


(diploma de honor 3 certamen internacional de poesía y cuento libre Ateneo de las Letras, 1999.-)

viernes, 3 de julio de 2009

el paraguas


EL PARAGUAS.

(Alrededor de 1978…)
Me puse a esperar el colectivo setenta, que me llevaría como todos los días desde mi casa de Barracas al Sur hasta mi trabajo.
Eran las siete de la mañana cuando negros nubarrones encapotaban el cielo. Cuando el colectivo llegó a mi parada de parque Pereyra comenzó a desatarse la tormenta.
Las primeras gotas comenzaron a mojar mi pelo, mi blusa, mi pollera y mis sandalias, y me arrepentí de no haber traído paraguas.
Odiaba las tormentas de verano… esos días que comenzaban tan deprimentes.
En el parque la desolación era absoluta.
Cuando subí al colectivo sentí un alivio. Al menos quedaba un asiento, en el último de los de a dos.
Enfilé hacia él.
Me senté al lado de un tipo con apariencia de ejecutivo, y comencé a mirar nerviosamente por la ventanilla. La lluvia era torrencial.
Pero si la lluvia me había puesto nerviosa, el tipo de al lado me lograba exasperar.
No se podía negar la calidad de su traje oscuro ni de su maletín. Me pregunté que hacía ese hombre en aquél colectivo repleto de trabajadores y clase media baja.
Completando el cuadro, portaba un lujoso paraguas negro con empuñadura dorada.
Se me antojó algo tétrico.
Por un instante nuestras miradas se cruzaron y sentí una especie de repugnancia. La misma que parecía sentir él por mí.
Luego el tipo dejó de prestarme atención y comenzó a mirar a la gente.
Clavaba esa misma mirada fría y despectiva en el colectivero, en los pasajeros, en los asientos.
Tuve un mal presentimiento.
Pese a que faltaba mucho para llegar a Retiro me paré y comencé a acercarme hacia la puerta trasera, como quien se dispone a bajar.
Entonces sucedió lo terrible, lo que hasta el día de hoy no consigo explicarme; y de lo cual me abstuve de realizar denuncias por temor a ser tomada por loca.
Sin que mis ojos pudieran explicarlo, el lujoso paraguas del tipo se transformó en una sofisticada ametralladora.
Apuntó decididamente a los pasajeros de adelante con su despreciativa mirada. Estuve a punto de gritar pero el terror me contuvo.
Comenzó a disparar sin piedad.
Estallaron los primeros gritos, junto con los cristales de una ventanilla.
El colectivero giró asustado su cabeza, y viendo lo que ocurría, solo atinó a seguir conduciendo a toda velocidad.
Aterrada, comencé a tocarle timbre.
El colectivo se transformó en pocos segundos en un infierno.
Mis timbrazos, los gritos de la gente…y los dos primeros muertos en los asientos de adelante.
Algunos tipos se levantaron y trataron de irse encima del ejecutivo.
El loco asesino respondió con una terrible ráfaga de balas que me hizo cerrar los ojos de terror.

Cuando los abrí ví más cristales rotos y las paredes manchadas de sangre.
Me aferré a la puerta y traté de abrirla. No cedía.
Las ráfagas continuaron y yo ya no daba un centavo por mi vida.
Fue el chofer quién atinó a abrir la puerta trasera.
Volví a mirar y el espectáculo era dantesco.
La mayoría de los pasajeros ya estaban muertos sin lugar a dudas, las ventanillas estaban todas destrozadas y la sangre inundaba el corredor.
El colectivo seguía andando a una velocidad increíble. Saltar a la calle me resultaba tan peligroso como quedarme en ese infierno.
El ejecutivo apuntó al conductor y lo destrozó a balazos.
El setenta se bamboleó como un gigante herido por las últimas cuadras de Esmeralda hasta que por fin frenó.
Bajé desesperada, resbalé y caí sobre el asfalto.
Me paré y pude ver la sangre chorrear por los escalones de la puerta y mezclarse con la lluvia.
Corrí enloquecida.
A los treinta metros, al verme rodeada de gente, me tranquilicé.
Creí haber tenido una alucinación.
Volví a mirara con enfermiza curiosidad.
Unos pocos curiosos empezaban a rodear el colectivo destrozado por los impactos. También vi un patrullero y varios policías. Por la puerta trasera descendió el ejecutivo, con el paraguas nuevamente entre sus manos.
Vi como lo palpaban de armas. Luego de cruzar unas palabras lo dejaron ir.
Abrió su paraguas y se alejó tranquilamente hacia el microcentro.
Ahora apenas garuaba.

Miguel Gary.

domingo, 31 de mayo de 2009

la novia de los perdedores


LA NOVIA DE LOS PERDEDORES.-

La vida nos había unido de casualidad en ese destino mezcla de bohemia, carencia extrema, soledad, juventud, trabajos duros.

Lo cierto es que éramos Daniel y Miguel (yo) los que vivíamos en la planta baja de la pensión de la callle Serrano.

Pensión es una manera muy despectiva de nombrar a aquella casa. Tenía la tranquilidad necesaria; como es que la dueña, doña Margarita, no alquilaba ni a matrimonios ni a hombres mayores.

Nosotros dos abajo, y en la pieza de arriba un peruano blanco de Lima, que había venido como tantos de sus compatriotas (nunca supe porqué) a cursar sus estudios de medicina a Buenos Aires. Por la tarde trabajaba en una fábrica de pastas.

Por esta última razón lo aceptábamos mucho, ya que a veces venía con un “paquetito” para nuestros afligidos estómagos, que nos hacía recordar por lo menos de vez en cuando las pastas de los domingos de la década del setenta.

Danielito hacía once, once increíbles largos años que alquilaba allí.

Solo, sin familia, sin ni siquiera un tío lejano, pasó una juventud similar a la mía: joda, minas, etc.

Era hijo único y sus padres alquilaban.

Después que murieron sus padres tuvo que ir a parar a la pensión.

La vida le dio un recreo cuando consiguió un buen trabajo en una agencia de turismo.

Sano y gordo, casi redondo, alegre y jodón.

Soltero y ahora encima con algún dinero de sobra.

La cuestión que el tipo se recorrió todos los boliches con buenos trajes, cigarrillos de marca y fanfarroneando.

A mí me parecía que lo merecía.

Se pudo codear con chicas y flacos de clase media alta, a quienes entretendrían sus charlas que eran prácticamente monólogos sobre política, anécdotas sobre sí mismo o sobre personajes que sólo él conocía.

Nadie le creía lo que quería aparentar, pero el tipo de esa forma se la pasaba bien.

Yo era el mismo bicharraco antisocial que soy ahora, más introspectivo aún por el hecho de alquilar y andar seco.

Pero me alegraban la vida los personajes de la casa, las discusiones de Daniel con doña Margarita por los retrasos en el alquiler, pero sobretodo los “monólogos” de Daniel.

Cuando la señora Margarita, después de renegar con todos nosotros, se iba a dormir, Daniel sacaba unas milanesas con papas fritas que habíamos comprado entre ambos, más una sorpresita que era su gentileza: una botella de vino blanco fino bien helado.

Ahí empezaban sus anécdotas.

Si alguien cree que no es interesante escuchar a un tipo que habla casi siempre de sí mismo y sus “levantes” de mujeres del sábado anterior, del mes pasado o de hace años, se equivoca.

Yo me prendía en esas charlas rarísimas, sin miedo de perder mi tiempo ni traumas.

Durante la semana había que trabajar duro.

Cuidar el laburo porque sabíamos que estábamos en los principios de una década difícil.

Salíamos disparando a tomar el subte en plaza Italia, después de unos mates amargos. –el mate amargo es más agresivo- decía Danielito.

En el subte me seguía contando de sus amoríos., me señalaba alguna mujer y me decía:-ves, flaco? Parecida a aquella es “Fulanita”.-

Para Daniel su tesoro eran sus fantasías y alguna que otra mentira.

Poner el tesoro en los sueños es en algunos casos beneficioso.

“pon tus tesoros en el cielo”, leí una vez en la Biblia.

Era una noche común de esas de bohemia, ya ni siquiera eso; amargo aburrimiento matizado por la libertad de no tener ningún compromiso.

Esa noche le comuniqué a Daniel mi decisión de dejar el alcohol, por lo que el mate amargo y medio lavado acompañó la charla.

Se trataba, como siempre, de mujeres.

-Miguel, si vos ves la mina con la que arreglé para esta noche te caes de espaldas!-

-No digas, gordo…se te dio? –

-Se me dio, flaco, y de primera-

Yo sabía que a las largas soledades sobrevenían grandes amores, pero en el estado en que estábamos ambos, la cosa me sonaba a “verso”.

Y a qué hora es el asunto?

-A las doce nos encontramos en la puerta. Si querés asomate a la terraza, y vas a ver lo que es esta mina.-

-…Bueno!.-

El desamparo nos había hermanado tanto que el triunfo de uno era un poco el triunfo del otro.

Si lo que pretendía era intrigarme lo había conseguido.

Recordé cuando habíamos pensado irnos a Europa, y cuando uno tenía guita el otro no, y los pasaportes nunca se sacaron.

Me quedé en mi pieza terminando una de las salchichas de la cena.

Recuerdo que hacía calor y que si venía la chica de Daniel, iba a estar con ropa liviana y la iba a poder apreciar…mejor.

A las doce menos cinco salí a la terraza.

Ahí salió Daniel, de traje y fumando un cigarrillo caro.

Se paró y fumó y fumó contemplando pensativamente la luna.

No apareció nada parecido a una mujer.

Vi la noche de la ciudad en sábado, con todo su delirio de luces, bailes, juventud.

Creo que me corrió una lágrima, aunque no soy de llorar.

La ciudad de noche, el cigarrillo, la luna, ésa era la hermosa chica que Daniel tenía y tendría para él, todas las noches.

Yo sólo la vi esa vez, pero me bastó.

Danielito salió a caminar por Serrano para el lado del zoológico; quizá feliz porque me había engrupido.

Miguel Gary.

domingo, 26 de abril de 2009

mariposas rojas


MARIPOSAS ROJAS.

Todo el mundo sabía que en mi barrio había muchísimas mariposas, de todos los colores, tamaños y formas.

Hasta les habían puesto nombres y todo.

Quién no conocía a “la Julito”, “la Aníbal”, “la Ramírez”, etc.?

Las mariposas salían volando de todos los rincones del barrio, sabe Dios adonde.

Creo que se iban para el centro.

El problema para las mariposas en aquella época eran los murciélagos, que moraban frente a la plaza de Mayo.

Los murciélagos secuestraban, torturaban, les chupaban la sangre, y hasta mataban a las mariposas, y a otros bichitos.

Esos murciélagos eran fundamentalmente vampiros.

Entonces las mariposas aprendieron a volar bajito, y discretamente.

A veces hasta escondían las alas, simulado ser simples gusanitos.

Un buen día los murciélagos de Plaza de Mayo comenzaron a espantarse.

Los espantó una horda de obreros que llegaban con pancartas y bombos.

Otra horda de jóvenes soñadores de pelo largo.

Hasta yo fui, porque esos bicharracos me tenían podrido.

Otra horda de mujeres con pañuelos en la cabeza.

Hasta que al fin los murciélagos se retiraron todos, dejándonos el horror de su vampirismo.

A mí siempre me gustó observar mi barrio, porque dicen que quien observa su barrio observa el Universo.

Pude ver que las mariposas estaban mucho más alegres y empezaban a volar por todos lados.

Y descubrí que la mayoría se iban volviendo rojas.

Hermosas mariposas rojas.

Empezaron a juntarse y hacer desfiles justo en la plaza de Mayo, donde antes moraban los murciélagos.

Igualmente, todavía hay quienes detestan a las mariposas, y algunos animales que las maltratan. Especialmente unos murciélagos de color azul.

Pero ellas siguen yendo a sus marchas con sus banderas.

En noviembre me gusta ir a ver la marcha de las mariposas rojas, con sus banderas multicolores.

Miro a ver si veo alguna conocida: a ver si está la Aníbal, la Ramírez.

Vaya a saber si no las mató esa nueva peste, o la vejez, la soledad y el desamparo.

La marcha del orgullo de las mariposas. Todos los años bajo el sol de la primavera… siempre allá en Plaza de Mayo, en vuelo hasta el congreso.

Miguel Gary.-

jueves, 2 de abril de 2009

paréntesis


PARENTESIS.
El se acercó a la mesa de ella y se sentó.
Se miraron largo rato a los ojos sin decirse nada.
El llamó al mozo y pagó la cuenta. Salieron del bar tomados de la mano. En la esquina, aprovechando la oscuridad, se dieron un prolongado beso iluminados por la luna llena.
El la llevó hasta un albergue transitorio de la zona.
Sacó turno para toda la noche.
Subieron a la habitación sonriéndose y mirándose a los ojos.
Se sacaron la ropa, se dieron otro largo y apasionado beso.
Se arrojaron en la cama y empezaron a amarse salvajemente.
Tuvieron uno, dos coitos casi simultáneos, colmados de un maravilloso placer.
Era la primera vez que se sentían tan plenamente vivos.
Descansaron una hora.
Volvieron a hacerse el amor hasta quedar exhaustos y satisfechos.
El se levantó y fue a sacar algo del bolsillo del saco.
Volvió con un frasco de cianuro y se lo mostró a ella.
Se miraron un instante en silencio.
El abrió el frasco y se lo entregó a ella.
Ella bebió hasta la mitad del frasco y se lo entregó a él.
El tomó el resto y a los pocos minutos cayeron sobre la cama, inertes.
En la ventana la noche fue muriendo, dejando paso a la madrugada.

Las primeras luces del amanecer iluminaron los dos cuerpos sin vida.
Se hicieron las siete de la mañana y se acababa el turno.



Se levantaron y se vistieron sin hablarse.
En sus relojes vieron que se acercaba la hora de ir a trabajar.
Bajaron siempre sin dirijirse la palabra, él le devolvió la llave de la habitación al encargado y lo saludó.
Ya en la calle, sin despedida, partieron apresurados con rumbos distintos.

Miguel Gary.

jueves, 19 de marzo de 2009

la voz de Salvadeo


LA VOZ DE SALVADEO.

Salvadeo era un hombre grande; grande de edad y grande de cuerpo, padrino de Daniel.

Salvadeo conocía toda la historia de los lugares de Barracas.

Esa parte de Barracas que ronda el parque Lezama, donde estuvo la Cantábrica y la Editorial Kraft.

Salvadeo habría trabajado creo que en todos los lugares, en aquellos tiempos en que los solterones tenían las puertas abiertas y eran queridos por todo el vecindario, cuando eran hombres buenos.

Cuando recorríamos el barrio él nos hablaba de la historia de los distintos lugares.

Le preocupaba mucho lo deteriorados que estaban los monumentos del parque.

El recordaba cuando se les lustraban los bronces una vez por semana, y relucían.

El también había trabajado haciendo eso.

En esos momentos su voz tomaba un tono quejumbroso, como si en su garganta se hubiera instalado un poco el herrumbre de los monumentos.

Por lo que él contaba, Barracas ya se había venido abajo hace rato.

Salvadeo nunca fue guardián del parque, el guardían oficial siempre fue "Flechita", designado por la Municipalidad.

Ese día el parque estaba bastante descuidado, lleno de papeles.

Eran volantes de la Juventud Socialista de Barracas, alertando sobre el cierre de varias imprentas grandes, e intenciones de desalojos masivos en las casas más antiguas.

Al día siguiente el consejero vecinal peronista mandó una cuadrilla municipal para que hicieran una limpieza profunda del parque, siguiendo su consigna de lograr que “Barracas vuelva a ser pintoresco y pujante”.

No quedó ningún papel en el suelo…pero los chicos lo volverían a ensuciar con pochoclos y manzanitas a medio comer.

Miguel Gary.-